Campañas Sandbox: Trasfondos

Despedí la anterior entrada de este bloque temático hablando de la importancia de responder a la pregunta “¿pero esto de qué va?”, y debo confesar que hice un poquito de trampa. En una campaña sandbox, el “de qué va” se va generando sobre la marcha, con cada decisión y cada nuevo giro del destino, así que intentar decir de antemano de qué va una campaña es, hasta cierto punto, inútil. Pero lo que sí es cierto, y es a lo que me refería, que toda campaña necesita una premisa, un trasfondo que sitúe a los jugadores en un marco concreto y que dé una imagen de cómo es el mundo por el que se van a aventurar. Esto da un marco de referencia, y permite al master introducir semillas de aventura relacionadas con ese trasfondo para que todo sea más coherente y verosímil. Es decir, que sea un sandbox no quiere decir que absolutamente todo se decida al azar, ya que entonces tendríamos un entorno completamente blando y sinsorgo en el que nada importaría más allá de la siguiente tirada de encuentros. A continuación os dejo el trasfondo que planteé para mi campaña de Alasia. Estos textos fueron entregados a los jugadores antes de empezar a jugar, antes incluso de que se hicieran los primeros personajes, de tal manera que pudieran hacerlo con conocimiento de causa y supieran qué clase de sabor y tono le iba a dar a las partidas. Aviso, va a quedar una entrada larga incluso para lo que es habitual en mí. Dicho esto, y sin más preámbulos, os dejo con el trasfondo de Alasia.

INTRODUCCIÓN

Cuentan las antiguas crónicas que, en una olvidada era de oscuridad y miedo, un reino resplandecía bajo las estrellas, noble y poderoso, un fiero León Blanco que defendía a los indefensos pueblos de Valorea. Pero en su hora más aciaga, el león fue traicionado y abandonado, y fue abatido por un enemigo contra el que nada pudieron ni el valor ni el acero sartiano. El Gran Reino fue pasto de las llamas, y las tinieblas se adueñaron de sus tierras mientras el infierno reclamaba su diezmo en vidas y almas. Pero no toda Sartia cayó.

Dicen los viejos tomos que la antigua ciudad fronteriza de Alasia, cerca de las verdes llanuras de Pal Sarath, resistió, y que largas hileras de refugiados y supervivientes llegaban hasta sus puertas desde el oeste, huyendo de la destrucción. Los señores de Alasia, los Nueve Barones de la Fama, se irguieron desafiantes ante las fauces de la derrota, y presentaron batalla. Con su noble sacrificio consiguieron preservar las tierras que rodeaban a la ciudad de las peores embestidas del enemigo oscuro. La valerosa Alasia quedó convertida en una mera sombra de su antiguo esplendor, y los pueblos y aldeas que le debían vasallaje fueron arrasados, pero cuando la Guerra de las Sombras concluyó, era lo único que quedaba de la orgullosa Sartia.

Con el paso de los siglos, incluso la ciudad de Alasia, como una bestia vieja, cansada y herida, cayó, abatida por una vieja herida que nunca logró curar. Sus calles, torres y plazas se convirtieron en ruinas, y la maldad que paciente, se había adueñado del resto de Sartia, se cobró por fin su ansiada presa. Los descendientes de los sartianos se dispersaron por todos los confines de Valorea, y con ellos, los últimos restos de gloria del León Blanco se desvanecieron como jirones de niebla en el sol, el sueño de un pasado legendario que jamás regresará.

Pero en los días que corren, los sueños del pasado parecen encontrar maneras de resurgir, y aunque tenue y vacilante, una pequeña llama parpadea en la oscuridad. Los bardos en los caminos cantan canciones de valor y heroísmo, y cuentan historias. Y sus historias hablan de Stephan de Alasia, único heredero y descendiente de los Nueve Barones de la Fama, y de cómo, surgido de la nada, reunió a una gran fuerza de hombres y reclamó para sí las tierras de la Baronía, expulsando por la fuerza de las armas a las bestias de las ruinas de Alasia, y de cómo una Nueva Alasia fue fundada por él y sus seguidores como faro de esperanza. Cuarenta años han pasado desde la gloriosa gesta del Barón Stephan. La Nueva Alasia resiste, única ciudad del hombre entre las tierras salvajes, peligrosas e inhóspitas que antaño formaron un reino. Terribles criaturas merodean por los campos y los bosques, y el mal, persistente, incansable, ha regresado a las ruinas de la antigua Alasia. Los hombres del Barón mantienen una frágil paz alrededor de su nueva ciudad, y algunos poblados y granjas han empezado a florecer bajo su amparo. Pero al oeste, las tierras de Alasia siguen, desconocidas e inexploradas, sembradas de antiguas ruinas sartianas, y de lugares que ya eran antiguos cuando el estandarte del León se plantó allí por vez primera. De los viejos mapas nada queda excepto antiguas leyendas y rumores, transmitidos por los ancianos durante siglos. Y más allá, lejos al oeste, las ruinas todavía humeantes de Sartia.

Dicen los bardos, y los caminos van llenos de ellos, que el anciano Barón Stephan ha hecho un llamamiento. Una llamada a hombres y mujeres valerosos de todos los rincones del Mundo Conocido, dispuestos a arriesgar sus vidas en nombre de una tenue esperanza. Aventureros y exploradores que se adentren en lo desconocido y regresen con mapas detallados, que se enfrenten a los peligros que acechan en las tierras salvajes de la Baronía y ayuden a expulsar de ellas a las bestias y bandidos que las pueblan. La única recompensa prometida es la que estos valientes puedan hallar por sí mismos, tesoros y glorias del mundo antiguo que sin duda aguardan a aquellos de espada firme y valor inquebrantable. Y quizá, la recompensa de saber que, a sangre y fuego, abren un nuevo camino para aquellos que les seguirán, y que están forjando la historia, empezando lo que algún lejano día podría llegar a ser, con la ayuda de los dioses, el regreso del León de Sartia.

¿Quién acudirá a la llamada?

Prólogo – En la Posada del Hacha y el Suspiro

En toda Nueva Alasia, no hay taberna más frecuentada ni local más conocido que la Posada del Hacha y el Suspiro, en la Plaza del Viajero. Lugar de encuentro de aventureros, peregrinos y buscadores de fortuna, el Hacha y el Suspiro es un lugar cálido, confortable, bullicioso y animado con la reputación de servir la mejor bebida de toda la región. Regentada por el corpulento Gorstan, un viejo aventurero bonachón y de risa estridente, el Hacha y el Suspiro se ha convertido en el lugar que alberga a los aventureros llegados tras la proclama del Barón Stephan. Las canciones de taberna y los juegos de azar se mezclan con el delicioso olor de las comidas que se preparan en la gran cocina, y las anécdotas y batallitas de Gorstan no tardan en volverse más exageradas, inverosímiles y picantes según avanza la noche y la cerveza fluye. La vieja hacha de Gorstan cuelga de un lugar preferente sobre el mostrador, pero sin duda, el objeto sobre el que más historias circulan, y por el que la posada es conocida, es la Mesa del Mapa.

Muchos años atrás, cuando la ciudad aún era reciente, los aventureros que llegaron a Alasia junto al Barón Stephan, o atraídos a la región por los abundantes rumores sobre tierras inexploradas y tesoros perdidos, probaron suerte explorando las Tierras Perdidas, y se sentaban en la sala común del Hacha y el Suspiro para comparar sus historias y las notas que habían traído de vuelta. Mientras algunos de ellos intentaban describir una zona en las tierras salvajes, unos cuantos parroquianos sedientos tallaron a punta de daga un simple mapa en la superficie de la gran mesa central (una X por aquí, una línea por allá). Con el tiempo otros fueron añadiendo cosas, limpiándolo, y antes de que hubiera pasado mucho tiempo había pasado de ser una simple colección de toscas marcas a un detallado mapa grabado en la práctica totalidad de la superficie de la mesa, que mostraba bosques, riachuelos, cuevas, y todo tipo de ominosas advertencias. La mesa desapareció mucho tiempo atrás, se cree que destruida en el incendio que sufrió la posada durante el ataque bugbear que sufrió la ciudad hace 25 años, pero la Mesa del Mapa sigue siendo el tema favorito de conversación de muchos parroquianos, que echan de menos las reuniones en torno a ella que celebraban aquellos intrépidos aventureros, desaparecidos ya.

Ahora, por primera vez después de tanto tiempo, otros aventureros han llegado a la ciudad, y se han alojado en el Hacha y el Suspiro, y la gente les mira con una mezcla de respeto, temor y admiración, preguntándose qué clase de maravillas y terrores vivirán lejos de la seguridad de los muros de la ciudad, y si alguno de ellos, al regresar de una nueva expedición, tallará con su daga un nuevo mapa en la gran mesa de la sala común…

Acto 1 – La Noche de Canciones

Desde tiempos inmemoriales, en las tierras de Valorea, la noche del sexto día del mes de la Llama se ha conocido como la Noche de Canciones, y es una de las festividades más esperadas de todo el año. La fiesta se celebra a lo largo de toda la noche, y los bardos ensayan todo el año para ella, pues ésta es su noche. Es una noche de magia y música, donde las baladas de amor y los poemas épicos conviven, y las viejas historias y leyendas cobran vida de nuevo. El pueblo entero se reúne en las plazas para escuchar a los bardos, juglares y trovadores, que compiten entre ellos por contar las más grandes hazañas y los hechos más notorios ocurridos durante el año, y traen noticias de lugares lejanos, gente extraña, y de hechos remotos.

En la lejana ciudad de Nueva Alasia, aquella Noche de Canciones fue un principio. No existen los comienzos ni los finales en el eterno devenir del tiempo, pero aquella Noche de Canciones fue un principio. Entre la algarabía del gentío, un grupo de desconocidos, hombres y mujeres llegados la mayoría de muy lejos, escuchaban con atención, con la mirada fija y el semblante impenetrable. Algunos de ellos, quizá, intentaban extraer todas las verdades posibles de cuentos y relatos, otros simplemente disfrutaban del momento, y aún otros ocultaban motivos difíciles de desentrañar, pero todos escuchaban, preguntándose si no serían sus propias hazañas y aventuras las que cantarían los bardos en la siguiente Noche de Canciones.

Los bardos habían cantado las hazañas del barón Stephan, el ya anciano gobernante de la ciudad, y habían relatado las noticias traídas desde lejos, y como siempre ocurría, la música calló y el gentío enmudeció cuando, con voz solemne, llegó el momento de escuchar la historia que todos estaban esperando, la leyenda que todos los alasianos llevaban en su interior. El silencio se hizo, y el bardo del arpa recitó el Cantar de los Barones.

El Cantar de los Barones

Dicen los sabios que existió una edad antigua, entre el colapso de los imperios del mundo antiguo y el nacimiento de los reinos libres de Valorea, una era de oscuridad y terror, en la que el mundo era regido desde las sombras, por las sombras.

La Llama Oscura de Wickmore dominaba todo cuanto tenía a su alcance, y ciertamente poco escapaba a su largo brazo. La paz que el gran imperio había dado al mundo se había roto en mil pedazos, y los reinos jóvenes no tenían fuerza aún para oponerse a la oscuridad. La voluntad oscura prevalecía, y el dolor, la guerra y la barbarie eran su tenebroso legado.

Pero incluso la llama más pequeña brilla en la oscuridad, y un León Blanco se alzó para combatir a las tinieblas, y su rugido era tan poderoso que sigue retumbando en nuestros días. Sartia surgió como un brillante escudo, el bastión inexpugnable que puso fin a las mareas de oscuridad y retuvo a la sombra. Con Sartia, la luz regresó al mundo.

Los siglos pasaron, y nuevos tronos surgieron al amparo del León, a salvo de la Llama Oscura y sus cuervos de negras alas. Pero las sombras nunca mueren, y no olvidan. Largo tiempo Wickmore esperó, y planeó, y con sumo cuidado y paciencia eterna, preparó la caída de su mayor enemigo.

Dicen los sabios que el final no empezó con una espada, sino con un susurro. La perfidia darkon no conoce límites, y los Atados a la Sombra supieron sembrar las semillas de la traición y la discordia en el corazón del León. Con palabras envenenadas y magias sutiles lograron que el bien se enfrentara al bien, y la Llama Oscura reía.

Solo cuando la desgracia y la muerte ya se cernían sobre el León Blanco, y la sangre de hermanos manchaba su estandarte, empezó la Guerra de las Sombras. Las oscuras huestes de Wickmore cayeron sobre la rota Sartia en cantidades no vistas en el mundo desde la Guerra de las Lágrimas, y trajeron consigo ruina y fuego.

Entre todos los grandes señores del Gran Reino, hubo uno siempre vigilante, con la mirada siempre alerta. Señor y soberano de las regiones del Este, su nombre era Ottger Cathalien, Guardián de Oriente. Gobernaba sobre la gran ciudad de Alasia y todas sus tierras. Conocía bien al enemigo, y contra su maldad no temblaba su espada.

La destrucción y el sufrimiento llegaron también a las grandes baronías de Alasia, y éstas conocieron el terror de la magia negra. Se libraban batallas en todos los rincones, mientras procedentes del corazón del Gran Reino, refugiados y supervivientes llegaban como largos ríos hacia su último refugio.

Los ejércitos chocaron, y la sangre fue derramada en vano, pues el poder de la Llama Oscura no tenía parangón. Los valerosos sartianos caen derrotados, no son rivales para la brujería infernal. Las terribles criaturas surgidas de los negros pozos de Wickmore, sanguinarias y feroces, aullaron ansiosas al ver el festín que les había sido preparado.

Solo un guerrero, aferrándose a la vida que huía de su cuerpo, quedó para contemplar el horror, aturdido. Había perdido a todo compañero, a todo hombre que le había seguido a la batalla, y con ellos, presenció la muerte de la esperanza. Un terrible gemido surgió de su pecho destrozado por el acero y el pesar.

Arrastrando su cuerpo roto, el guerrero se alejó de allí, malherido, y logró reptar hasta que halló una pequeña cueva, donde se desplomó por fin. Mas fue delatado por su propia sangre, y fue seguido por un engendro de la Llama, un enorme trasgo que, tras una tenaz cacería, encontró a su presa en la cueva: el señor de Alasia, moribundo y postrado.

El final de lord Ottger es inminente a manos de la voraz criatura, cuando de repente un gran mastín negro aparece, surgido de la nada, y entre sus babeantes fauces y largos colmillos el trasgo perece. La gran bestia negra se acerca al cuerpo de Cathalien, lleno de lesiones y al borde de la muerte, y con gestos tan delicados como salvaje había sido su ataque, le lame las heridas.

El sol se alzaba y se ponía sobre la pequeña cueva, y los cuervos graznaban y se daban su festín en el campo de batalla, y el perro negro seguía allí, cuidando al hombre, limpiando sus heridas, protegiéndolo de todo mal. Y finalmente despertó, agradecido, arrebatado a la muerte. Hasta el fin de sus días, el perro negro fue su fiel amigo, y le honró tomándole como escudo de armas. Su cuerpo roto recuperaba las fuerzas despacio: tomaba la leche de una cabra salvaje, y el agua fresca de un arroyo cercano. Con los frutos del bosque resistía el hambre, y poco a poco volvía a ser fuerte.

El caer del sol le llenaba de rabia, tristeza y añoranza, mientras veía sufrir a sus tierras y a su gente, y sentía la tentación de partir con premura. Pero supo imponerse la prudencia y la cordura, y en su interior conservó la esperanza. Su vieja daga afilaba con piedras cada día, conservando la paciencia y guardando la ira para cuando llegara el momento, recuperadas las fuerzas, preparar la partida.

Un año entero había pasado cuando llegó ese día; su corazón de guerrero quería venganza y clamaba justicia. Alzó su espada al viento y formuló su juramento: ¡Hasta que la oscuridad no fuera derrotada, no cesaría! Su cuerno de guerra sonó a los cuatro vientos, clara y fuerte su llamada a todos los valientes de la tierra: ¡A las armas! ¡A las armas, caballeros!

El gran perro negro unió su voz a la de su amo, y un poderoso aullido se elevó al cielo. Hombre valiente y bestia noble, con el corazón henchido, emprendieron por fin su camino. Las tierras de Alasia recorrieron, encontrando grandes peligros y a extraños amigos.

El mayor de ellos Ahron Ironhoof se llamaba, rey de los hombres-caballo. Un épico duelo sobre las aguas unió sus destinos, y sus almas afines amistad eterna forjaron. Rey era en verdad Ironhoof, y veloz era su hueste. Ellos llevaron el mensaje de Cathalien, hasta todos los confines. Cruzando bosques y montañas el mensaje ha de llegar, allí donde quede gente.

Un mensaje de fortaleza, un grito triunfante: la llamada a la unidad, a la fuerza y al combate. A los oscuros invasores debemos expulsar de nuestras tierras, con nuestras propias manos.

Es claro y limpio el mensaje, difundido por la tierra; poderosa la llamada, destinada a todo linaje. ¡Los Barones se deben reunir!

El Señor de Montadhan es el primero en acudir, llega con sable y pendón al viento. Cabalgando desde el norte raudo en su corcel, el corazón de Alric no conoce el miedo.

También Baran de Kendall, el más fiel caballero, acude a la llamada de su Señor, al que había llorado un año entero. Su alma es firme, su escudo presto, y su honor una muralla del más puro acero.

Baltek Redoran es el siguiente, llamado por todos el Fuerte; es poderoso como un roble, y su risa es estridente.

El Señor de Hawkwood llega a continuación, Rodhran, sabio caballero de barba de plata. Su visión es clara, su mente aguda, su consejo es valioso y su espadón jamás duda.

Artegal de Calidor se une a ellos, caballero de la justicia. La luz de la nobleza arde en él con pureza, y el sol refulge en sus cabellos, símbolo de su entereza.

Taranna Llyr viene tras él, lanza en mano, desde los altos confines del Bosque Elevado. Hermosa doncella y guerrera capaz, la magia antigua arde en su brazo.

Ferall Dunharrow viene del oeste, incansable, pues lo ocurrido en sus tierras le ha desolado. Luchador invencible lleno de odio, con maza de hierro se venga implacable.

El octavo es Eamon Valnar, astuto y sagaz, con sangre de elfos danzando en sus venas. Su arco canta una balada mortal, y sus flechas certeras no fallan jamás.

Y por último llega Peregal Garn, tocando con su arpa las canciones más bellas; es joven y apuesto, amado por las doncellas. Su música es suave y dulce es su voz, pero su espada más veloz que ninguna de ellas.

Ottger Cathalien será su capitán, y luchar todos unidos han jurado, en Briarwood, ante los dioses, espada en mano.

Los Nueve Barones de la Fama, ¡arde en sus corazones la eterna Llama! Guerrean con fuerza y valor para liberar a su nación. A su paso la Sombra huye, vencida, ¡bastón quebrado y coraza hendida! ¡Sartia cayó, derrotada, pero Alasia, esta tierra, fue liberada!

Ottger y los Barones nos dieron su fe, nos entregaron su ardor, y al hacerlo, nos devolvieron el valor. ¡Nuestros corazones por siempre llenaron del fuego de su legado!

¡Alasia, tierra herida y agotada, levanta la cabeza con orgullo! Eres libre de la Sombra, que huye débil y humillada.

Resuena para siempre en la leyenda, el grito de los Nueve Barones de la Fama:

¡El León no ha Muerto! ¡El León Blanco Vive! ¡Oíd su Rugido!

¡Oíd su Rugido!

Romance Anónimo de la Tercera Edad, narrado por Keren Donnell, Bardo del Arpa

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5 pensamientos en “Campañas Sandbox: Trasfondos”

  1. Algo me dice que Baltek Redoran si no es Gorstan es un ancestro suyo, o es una simple coincidencia que la risa de ambos sea estridente?

    Una maravilla estas entradas acerca de los Sandbox, la idea general la llevo usando años, pero los recursos que citas nunca supe cómo solidificarlos en algo útil, se agradece.

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    1. ¡Gracias por el comentario! En cuanto a Baltek y Gorstan, me encantan este tipo de especulaciones… y evidentemente, como máster, sólo me queda poner mi mejor cara de póker (aunque no se me vea) y sonreir misteriosamente…

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