Marineros en un Mar sin Estrellas, Parte IV: Un Final de Heavy Metal

Aviso: Como siempre, spoilers a continuación.

El barco-dragón atracó en la orilla del islote, e inmediatamente Gerard saltó a tierra, con su mayal en la mano, dispuesto a rescatar a sus compatriotas del martirio al que los estuvieran sometiendo. Los engendros, en pleno fervor extático, ni siquiera se habían dado cuenta de su llegada, pero abrirse paso luchando hasta la cima estaba descartado: la superioridad numérica era aplastante. Entonces pusieron en marcha la táctica Chewbacca: Baldrick, Aermhar, Olav y Friga se vistieron con los mantos escarlatas de sacerdotes del Caos, y Alice utilizó un tabardo hallado anteriormente para disfrazarse de guisa similar gracias a sus ingeniosas dotes. Gerard, que se negó en rotundo a ponerse aquellos ropajes profanos, Lusiri y Morzul hicieron el papel de prisioneros arrastrados a su destino. Aermhar decidió invocar a su patrón, el Rey de los Elfos, pidiendo su ayuda. Éste le permitió quedarse a medio camino entre el mundo de los humanos y la tierra de los elfos, pasando desapercibido más fácilmente a ojos mortales, pero a cambio le encargó una búsqueda heroica que debía cumplir antes del septimo día.

Con los nervios a flor de piel, empezaron a ascender por la rampa, más atestada de engendros cuanto más arriba, pero ninguno se fijó en ellos: no parecían concebir la idea de que pudieran llegar intrusos hasta su lugar sagrado. Un grupo de prisioneros les reconoció como paisanos, pero inmediatamente les silenciaron con un gesto. Así, lograron pasar desapercibidos hasta alcanzar la cima, y vieron la atrocidad que realmente estaba teniendo lugar allí. En el centro de la cúspide se abría un foso del que surgía todo aquel humo y un resplandor anaranjado, abierto sobre un lago de magma ardiente. Al ritmo de los tambores y los cánticos, tres hombres-bestia arrojaban a los aterrados prisioneros al pozo de lava, así como también grandes cantidades de monedas de oro y plata, que se fundían con un siseo enfermizo. Otro hombre-bestia, un gigantón musculoso con cabeza de oso, sostenía la efigie de un guerrero enorme y cornudo al que claramente estaban venerando. Con cada nueva ofrenda, los gritos aumentaban en rapidez e intensidad, y la invocación que estaban realizando los monstruos parecía más inminente. El siguiente grupo de aldeanos estaba a punto para ser entregado al foso. Había que actuar.

Fighting Beastmen

Luchando contra el Caos… en pantalones de campana (ilustración de Doug Kovacs)

Olav intentó una treta para embaucar a los hombres-bestia, pero cuando el shaman de cabeza de oso centró su atención en él, rugió un grito de guerra, y todo intento de engaño murió en el acto. La hora de las espadas había llegado. El clérigo de Amun Tor cargó contra el líder de la macabra ceremonia, con Morzul siguiéndole los talones y Friga rodeando el foso para atacar a otro de los acólitos. Los dados estaban calientes. Para llegar hasta el líder Olav tuvo que librarse primero de uno de sus acólitos, al que arrojó al foso de un crítico. La legión de inhumanas criaturas se puso en movimiento como un enjambre de avispas saliendo de un avispero, aullando y rugiendo, y empezaron a agarrar a los aventureros, a tirar de ellos y empujarles hasta el foso para ofrecerlos en sacrificio a su Señor del Caos. Gerard no perdió tiempo en empezar a matar, mientras hacía todo lo posible para liberar al grupo de cautivos que tenía a su lado y les gritaba órdenes para que salieran de allí. Corriendo, se plantó en media de la rampa de ascenso, quedándose solo para contener a las decenas de criaturas que subían en masa y dar tiempo a sus camaradas a liquidar al grupo más reducido de arriba. Aermhar y Lusiri empezaron a cubrir a su compañero guerrero desde arriba, disparando flechas y hechizos contra la turba, y Alice se desplegó con su ballesta en mano. Baldrick, sin apenas ya conjuros a su disposición, se quedó frente a frente con dos hombres-bestia que poco a poco iban tirando de él en dirección al pozo de lava. Su demonio familiar intentaba socorrer a su amo con poco éxito, y el hechicero tomó una decisión. “¿Os gusta el fuego? ¡Yo os daré fuego!”, gritó, y pronunció las palabras de su conjuro más prohibido: Manos Flamígeras.

La magia arcana en DCC es volátil e imprevisible. No hay dos conjuros iguales. Cada mago aprende su propia versión, influenciada por la posición de los astros, el linaje de su sangre, su nombre verdadero, y mil factores místicos más. Por lo tanto, cuando un mago aprende o descifra un conjuro, existe la posibilidad de que incorpore efectos secundarios o consecuencias imprevistas, tanto positivas como negativas. Es lo que se conoce como Magia Mercurial. Cuando Bobugbubilz le reveló las palabras de poder para conjurar fuego por las manos, advirtió a Baldrick que cada vez que lo utilizara, él devoraría el alma de uno de sus conocidos. En términos de juego, durante la creación del personaje el jugador tuvo la mala suerte de sacar un 01 en la tabla de Magia Mercurial al tirar por este conjuro. Viendo la muerte de cerca, Baldrick decidió que más valía otra vida que la suya propia, y lo utilizó. En ese instante, le pedí a su jugador que tirara 1d100, sin decirle para qué. Decidí para mis adentros que el resultado indicaría el grado de cercanía de la persona que iba a morir para alimentar su conjuro. Con un 90 o más, la víctima habría sido un miembro del grupo, el de menor Suerte, y con un 100, su propio familiar. Sacó un 37… alguien conocido pero no demasiado. No un pariente, ni un amigo, pero sí alguien de su aldea natal…

Baldrick pronunció las palabras a voz en grito, y en ese mismo instante, uno de los pobres aldeanos que seguía intentando escapar del zigurat empezó a humear desde dentro, a consumirse como si un fuego le estuviera devorando las entrañas, y estalló en llamas a ojos vista, ardiendo en una combustión espontánea. Las llamas saltaron de su cuerpo a las manos de Baldrick, y al momento un chorro de fuego infernal con forma vagamente humanoide salió disparado hacia uno de los hombres-bestia que le estaba atacando, incinerándolo en el acto. En su dominio pantanoso, Bobugbubilz sonrió, con el vientre hinchado por el festín que acababa de recibir. Todos sus compañeros vieron lo que acababa de pasar, pero el fragor del combate no les dio un respiro para reaccionar.

La lucha en la rampa se recrudecía, a pesar de la valerosa resistencia que presentaba Gerard, y lo mismo ocurría al borde del foso ígneo. Friga y Morzul luchaban contra sendos monstruos, y Olav se enfrentaba al shamán. En un mal giro del destino, uno de los engendros agarró a Morzul y con un brusco empujón, hizo desaparecer al desafortunado enano por el hueco. Sus gritos desgarradores y el olor de su carne calcinada fueron lo último que sus compañeros supieron de él. Aermhar intentó de nuevo conjurar sus orbes de fuerza, pero por una vez la concentración le falló, y de nuevo pidió ayuda al Rey de los Elfos, que dotó a sus armas de magia faérica. Blandiendo su espada de mithril se lanzó al combate. Viendo que la cosa iba de mal en peor, Alice decidió arriesgar una vez más y disparar al grueso del combate para ayudar a sus camaradas. ¿Recordais lo que os dije sobre disparar a una melée? Pues aquel fue un mal momento para que se les acabara la potra. En lugar de impactar contra uno de los engendros, el virote voló recto y preciso y se hundió justo entre los omóplatos de Olav, ¡impactándole con un crítico! El clérigo cayó al suelo, vivo pero muy malherido, y a merced de su enemigo, que empezó a intentar agarrarle de los tobillos para tirarle al foso. Luchando desesperadamente por su vida, Olav logró zafarse de su enemigo y le mató de un golpe certero de su maza. Al hacerlo, la efigie que sostenía cayó al mar de fuego, y el resplandor anaranjado se extinguió de repente. El silencio se hizo entre las hordas de hombres-bestia cuando unas manos enormes surgieron del foso, la efigie del Señor del Caos dotada de vida, surgiendo del magma, recubierta de una corteza de lava enfriándose rápidamente, agrietándose y cayendo en pedazos para revelar la forma de un guerrero infernal, con cuernos retorcidos y un solo ojo en el centro de su grotesco rostro, embutido en una coraza negra y blandiendo un atroz mayal de tres cabezas. “¡YO SOY MOLAN!”, gritó, y se dispuso a aplastar a sus insignificantes enemigos.

El Señor del Caos, encarnado en forma física, se volvió hacia Olav, Friga y Aermhar, y Alice se dio cuenta que no la había visto. Sabiendo que era la segunda vez en pocas horas que estaba a punto de matar a uno de sus compañeros, la ladrona disparó a Molan por la espalda, ¡y de nuevo sacó un crítico! El virote de la ballesta se hundió profundamente en la carne infernal del guerrero del Caos, y éste se dio la vuelta, decidido a acabar con aquella mortal que había osado herirle.

Mientras tanto, a Baldrick aún le quedaba un enemigo con el que lidiar, y éste había conseguido llevarle hasta el borde del foso de magma. Desesperado, consumió prácticamente toda la fuerza vital que le restaba, acumulando un poder enorme para intentar lanzar un hechizo de Dormir tan poderoso como le fuera posible. Y de hecho, tanto poder fue más de lo que era capaz de manejar. Incapaz de gobernar las increíbles fuerzas que estaba desatando, sus ojos rodaron en sus cuencas, se quedaron en blanco, y cayó sumido en un coma profundo. Muy mal momento para sacar un 1 natural. Por fortuna para él, y por desgracia para sus compañeros, pensando que el hechicero se había matado solo, el engendro se unió al combate contra Aermhar y Friga, y ambos estuvieron a punto de ser arrojados al foso, logrando agarrarse al borde por el más estrecho de los márgenes (y gracias a sendos gastos de Suerte que, en el caso de la contrabandista, la dejaron bajo mínimos).

Gerard, alertado, y viendo que los inocentes abandonaban el zigurat en masa gracias al tiempo que les había comprado, empezó a llevar el combate hacia lo alto, intentando llegar junto a sus compañeros pero incapaz de destrabarse de la multitud que lo atacaba sin cesar. Con una maniobra defensiva, finalmente se zafó de ellos, pero sus esfuerzos no fueron suficientes para permitirle ayudar a Alice. Antes de que el guerrero pudiera socorrerla, el Señor del Caos se plantó frente a ella, ignorando las flechas con las que le estaba apiolando Lusiri, y de un solo golpe de su mayal y con el crujido de huesos rotos, la ratera cayó al suelo agonizando. Olav se plantó allí en un momento, demostrando no guardarle rencor, y logró mantener con vida a la ladrona en sus últimos segundos de vida, pero al precio de quedarse de rodillas ante el terrible Molan. Gerard llegó junto a él en el último instante, pero antes de que pudiera hacer nada el mayal de tres cabezas descendió de nuevo con una fuerza brutal. El dado de 20 rodó sobre la mesa, a la vista de todos, en un silencio absoluto, y finalmente se detuvo. A pesar de su irritación, Amun Tor demostró que seguía del lado de su clérigo. Olav bloqueó el golpe con su escudo y convirtió la parada en un ataque, golpeando con fuerza y destruyendo la ya debilitada forma física de Molan. A sus pies cayeron la negra armadura y el pesado mayal, mientras los hombres-bestia que restaban con vida se sumían en el pánico y empezaban a correr aullando en todas direcciones. En ese mismo momento, el zigurat empezó a temblar y a sacudirse, y pequeños fragmentos del techo de la caverna empezaron a desprenderse uno detrás de otro.

El oro esparcido por la cúspide de la pirámide escalonada era un botín tentador, así como la armadura y el mayal del caído Señor del Caos. Olav tomó en sus manos el arma, y en ese momento los últimos retazos del espíritu de Molan se aferraron por unos instantes al mundo material, formando una columna de magma animado que estuvo a punto de acabar con Aermhar. Los crujidos del techo agrietándose y los temblores empezaron a intensificarse por momentos, y supieron que les quedaban unos pocos instantes antes de que todo se derrumbara sobre sus cabezas. Cogiendo a sus camaradas caídos, los compañeros empezaron a descender a toda prisa en dirección al barco-dragón. A su alrededor, los hombres-bestia se arrojaban a las aguas o se mataban entre ellos, enloquecidos. Los bloques que caían del techo eran cada vez mayores, y Gerard, cargado con el inconsciente Baldrick iba en último lugar, junto a Friga, que había cogido la negra coraza de Molan y se negaba a renunciar a tamaño botín. Gerard logró llegar hasta el barco y subir a él mientras sus compañeros le ayudaban a subir el cuerpo del mago. Friga, sin embargo, siguió corriendo con la pesada coraza en brazos mientras sus amigos le gritaban que la soltara. Y justo cuando estaba llegando a la rocosa orilla, una sección entera del pétreo cielo se desplomó sobre las aguas, y la joven desapareció engullida por las aguas junto al islote y el zigurat. Negándose a perder a más compañeros, Gerard, ayudado por Aermhar y Olav, consiguió alargar la mano por la borda y agarrar a Friga en el último momento. Tenía a su alcance a la chica y a la coraza, pero no podía rescatar a ambas, y el noble luchador no lo dudó ni un instante. En ese momento el barco-dragón se vio propulsado a toda velocidad por el tsunami provocado por el hundimiento de la caverna, sobre la cresta de una ola colosal. Tuvieron el tiempo justo para subir a la chica a bordo con un esfuerzo titánico, antes de que el navío se viera impulsado hacia una grieta en la pared de la caverna, estrellándose y rebotando contra las paredes del estrecho túnel por el que la masa de agua escapaba con una fuerza terrible. Lo último que escucharon los héroes fue el crujido de la madera del casco partiéndose con un chasquido ensordecedor, antes de verse golpeados por todos lados, hundirse en las frías y oscuras aguas y sumirse en la negrura…

Y así termina este espectacular Marineros en un Mar sin Estrellas, con un cliffhanger en toda regla y muchas preguntas por responder. ¿Seguirán con vida los héroes? ¿A qué desconocido lugar les habrá arrastrado la corriente subterránea? ¿Despertará Baldrick del coma? ¿Y si lo hace, qué harán con él sus compañeros? ¿Destruirá Gerard la torque del caos ahora que su portador no puede defenderla? ¿Conseguirá Aermhar cumplir con la búsqueda que le debe a su Rey, y en el plazo acordado? ¿Y cómo deberá compensar Olav a su dios por la intervención que realizó en su beneficio? Solo os lo podré contar cuando mis colegas de mesa y yo sigamos jugando, pero pase lo que pase, todo me lleva a pensar que será tan emocionante, adrenalínico y divertido como ha resultado Dungeon Crawl Classics hasta el momento. Una sola aventura ha bastado para proporcionar infinidad de momentos más que memorables, y todo esto con simples personajes de nivel 1.

¿Quien dijo que las cosas épicas solo pasan a nivel alto?

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